A veces pensamos que compartir nuestra vida en redes es un acto inofensivo, pero la realidad es que tiene un peso que no siempre vemos. Hay una verdad un poco incómoda que todos hemos sentido alguna vez: no todo el mundo se alegra de corazón con tus pasos, y no todos los que te observan están ahí para celebrar tus triunfos, por pequeños o grandes que sean.

Es curioso cómo funciona la validación hoy en día. A los veinte, uno suele darle mucha importancia a ese “like” que no llega o al comentario que brilla por su ausencia, especialmente de quienes conocen bien nuestro esfuerzo. Pero con el tiempo, te das cuenta de que el silencio de los demás no le quita valor a tus logros.

La energia que se queda en casa:

Ser reservado no se trata de ocultarse, sino de proteger tu enfoque. Cuando dejas de dar explicaciones a todo el mundo sobre lo que haces o planeas, tu energía deja de dispersarse. Se queda contigo. Esa privacidad te da el espacio necesario para planificar mejor, vivir con más calma y alcanzar metas más grandes.

Eso sí, no se trata de irse a los extremos. Ser un misterio absoluto puede dar la impresión de que escondes algo, pero el secreto está en saber hasta dónde abrir la puerta. Hay cosas que, si se revelan sin filtro, quedan expuestas al juicio ajeno, y nuestra paz mental vale mucho más que eso.

De “inquilinos” a “propietarios” de nuestras amistades

Con la llegada de los 30, la vida nos suele regalar un filtro natural: la cercanía selectiva. Dejamos atrás esa necesidad de saberlo todo de todos (como en la escuela) para quedarnos con quienes realmente suman.

Hay una idea de Matthew McConaughey que lo resume muy bien: en las amistades hay que ser propietarios, no inquilinos.

  • El inquilino está de paso, no cuida el lugar porque no siente que sea suyo; si algo falla, simplemente se va.
  • El propietario, en cambio, cuida la relación, la mantiene y la mejora. Se involucra en los procesos difíciles del otro sin juzgar, simplemente estando ahí.

Cómo recuperar el control

Si sientes que la sobreexposición te agobia, es una señal clara de que necesitas “apagar el show” por un momento. No hace falta desaparecer, solo volver a lo tangible:

  • Cambia el teléfono por un diario: Escribe para ti, no para una audiencia.
  • Lee más: Deja que otras historias nutran la tuya.
  • Busca el encuentro real: Menos emojis y más cafés en persona. A veces, un vuelo para ver a un amigo cura más que mil mensajes.
  • Marca el número: Recupera el hábito de escuchar una voz.

Al final, el mundo seguirá girando y las redes seguirán ahí. Pero cuando eliges crecer desde la discreción, te fortaleces de una manera que ningún algoritmo puede medir. Estar presente en tu propia vida es, al final, el mayor de los éxitos.

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